29 oct 2011

Capitalismo en crisis IV


Este ya no es de mi cosecha, pero me faltaba el euro para cerrar la serie y esta imagen me pareció de lo más adecuada para ello.

17 sept 2011

La mancha de agua

“La cosa empezó así.”
Viaje al fin de la noche, Louis Ferdinand Céline.


PRIMERA PARTE
INFANCIA Y ADOLESCENCIA


I
La mancha de agua


Desde hace ya tiempo y sin ayuda de nadie que intento llegar a mi recuerdo más lejano. Nunca estaré seguro de haber dado con él, pero bien que lo he meditado y creo que, después de mucho escarbar en mi cerebro, puedo decir que lo he encontrado. Antes de continuar, eso sí, he de advertir que esto, aunque tome forma de ejercicio literario y me esmere en cuidar el estilo de lo que escribo, es tan solo un afán por reconstruir mi pasado, por catalogarlo, aclararlo, entenderlo quizás, aunque lo vaya a acometer fragmentariamente, ya que es así como intuyo que consiste el funcionamiento de la memoria a largo plazo y, en definitiva, cualquier intento por acometer una autobiografía verdadera.

De qué están hechos los recuerdos, qué forma tienen, cómo se forman en nuestra mente, cómo accedemos a ellos. Parecería lógico afirmar que la sustancia del recuerdo es la impresión que nos causa un acontecimiento, su singularidad respecto a otros, que recordamos lo que nos impacta, lo que nos golpea, lo que nos produce un gran placer o angustia o admiración, y que todos los sucesos anodinos se evaporan en nuestro cerebro sin dejar huella. Aunque no siempre es así.

Por ejemplo: tengo una pequeña cicatriz encima de una ceja, que me hice al golpearme contra la esquina de la puerta de un armario cuando tenía un par o tres de añitos, pero no tengo ningún recuerdo del golpe ni de la sangre que corrió ni del susto que se debió llevar mi madre o mi padre o mi hermana, fuese quien fuese el que estuviera por allí para socorrerme y llevarme al hospital donde me practicaron la cura. Ahí está la cicatriz, encima de mi ceja, pero es una marca que no se asocia a ningún acontecimiento que yo haya podido recordar por mí mismo, y sin embargo, en algún lugar de mi memoria al que no puedo acceder debe de estar celosamente guardado lo que me ocurrió, o no. Así que ésta tendría que ser una de las primeras cosas que podría o debería recordar, pues según me contaron, corrió bastante sangre del pequeño agujero que se formó encima de mi ceja, pero nada, no guardo ni la más mínima imagen, por borrosa que sea, de aquel suceso.

Pero como no es mi intención hacer un tratado de la memoria, sino de hacer un esfuerzo por catalogar todos mis recuerdos, empezaré por el primero. Así que, como apuntaba al principio, después de mucho cavilar, creo haber dado con el recuerdo que me interesa, el más lejano, el que inaugura la borrosa y desorganizada lista de recuerdos sin fechar que conservo en mi cabeza y que van configurando mi vida y también la imagen que me hago de mí mismo.

Los recuerdos son algo vivo. Se van como moviendo, cambiando, pisándose los unos a los otros, reapareciendo o difuminándose hasta desaparecer, convirtiéndose en olvido, igual que le pasó a mi mancha de agua.

Estaba en la guardería, jugando en el patio con los otros niños. Debía de haber una fuente en medio del patio y me acerqué a beber. Llevaba puesta una bata, la misma que todos mis compañeros párvulos, de color azul marino, o eso creo recordar, tampoco es que esté muy seguro del color, porque soy daltónico y me cuesta diferenciar los colores, peor aún si se trata de hacerlo en condiciones de poca luz o si se sitúan a una distancia considerablemente lejana en el espacio o, como es el caso que ahora me ocupa, en el tiempo. El caso es que al inclinarme a la fuente para beber del chorro, una señora gota de agua cayó en la solapa de mi bata formando un redondel oscuro de gran tamaño. Al vérmelo me angustié, porque había manchado la bata y sabía que eso a mi madre no le iba a gustar y que me regañaría cuando viese aquel lamparón. Y entonces vino la magia, la sorpresa, las fuerzas de la naturaleza actuando indiferentes ante mis inocentes e incrédulos ojos. Debía de hacer bastante calor, porque apenas me dio tiempo ni a imaginar la reprimenda materna de la que iba a ser objeto, cuando, perplejo, pude observar cómo en pocos segundos la mancha empezó gradualmente a aclararse y reducirse hasta que finalmente desapareció por completo y sin dejar rastro alguno en la solapa de mi bata. Recuerdo la sensación alivio y de incredulidad que me invadió en ese instante en el que sin darme cuenta había consumado el que probablemente fue mi primer descubrimiento: que el agua no mancha.

23 jun 2011

Entrar en las casa ajenas
Vivir de recuerdos que no son míos
Suspirar por una novia desconocida.
Caminar por caminos extraños
Posarme en las antenas más altas
Descender luego como una pluma
No llegar a encontrar nunca
La rima de mi poesía.

18 sept 2010

25 jul 2010

Estoy bien 1

Estoy bien (portada)

nuestras miserias

Qué esfuerzo supone tener que cambiarlo todo, incluso lo que no nos gusta. Estamos completamente sujetos a la inercia de nuestro comportamiento. Nos empezamos a dar cuenta muy tarde, cuando ya es demasiado tarde, cuando ya hay poca cosa que hacer. Sabemos que refugiarse en la primera del plural no es justo, pero las miserias personales no lo son tanto si las compartimos, y así nos asustamos un poco menos de lo que somos o de lo que podemos llegar a ser. Decir que somos unos cobardes es mucho más llevadero que decir soy un cobarde, ¿o no?


Se dice que reconocer nuestra enfermedad es el primer paso para la incierta recuperación, pero hablar de nuestras miserias, sacarlas a la luz y compartirlas no se nos da muy bien. Nadie se atreve a hacerlo, primero a sincerarse consigo mismo y después con su prójimo. Todos vivimos sumidos en una farsa personal. Es así. Eso tampoco se puede cambiar. La sinceridad tiene unas fronteras infranqueables. Detrás de esas fronteras se halla la esencia verdadera de cada ser humano, pero nadie puede traspasarlas, ni siquiera nosotros mismos, porque nos da terror. Ni el más espiritual de los hombres se concede a si mismo una tregua para asomarse a su abismo particular, sabe que está ahí y con eso le basta, pero se lo traga y sigue con lo que estaba haciendo. Contemplamos el reflejo de nuestro rostro en las charcas, pero no sumergiremos la mano en el agua, porque sabemos que las ondas lo desfigurarán. Mejor dejarlo tal y como está, aunque no nos guste demasiado la imagen que vemos, siempre podría ser mucho peor, ¿o no?

20 jun 2010

Tampoco es para tanto

Te parece que en la vida hay despertares, momentos en los que abres los ojos a algún hecho, a alguna palabra importante, pero su significado se esfuma rápidamente. Te preguntas por qué nunca puedes escribir con la misma letra o hacer siempre la firma exactamente igual que la vez anterior. Vas dejando escrito algún pensamiento por ahí, pero en ninguno te delatas, vives escondido. Lees el pensamiento de los otros, hablas con la gente, pero intuyes que nadie está diciendo la verdad. Todos estamos tan cerca porque vemos el mismo cielo y tan lejos, porque vivimos un infierno único. Escribes y tachas, creas y destruyes, y sientes que todo está perdido. Penando vas, penando vienes... sin consuelo.

nuestros fantasmas

12 mar 2010